Cuatro canciones que recuerdan a el viejo Murga, paisano sensible.
"Caballo loco", "La paciencia de la piedra", "Hoy", "El viaje" - PEZ (2001/2014/2006/2006)
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Mi viejo me cuenta que cuando El Murga iba para el campo, algunas veces, hacía de mercachifle. Llevaba alimentos y provisiones para los puesteros y peones que iba cruzando en el camino. Las distancias son largas en la meseta del Chubut, y siempre que uno cae en algún rancho es bien recibido. Más si lleva los vicios: unos paquetes de yerba, algo de tabaco, harina o galleta, querosén y velas.
Una vez, allá por el Camino de las Víboras, ya se estaba haciendo de noche, entonces lo invitaron que se quede a dormir. Es muy común esto en el campo: siempre que se reciben visitas se pone un churrasco o la pava al fuego y se ofrece un catre si amenaza la oscuridad. La cuestión es que le armaron los aposentos en un cuartito con “puerta partida” a la intemperie. Eso también es muy común: como generalmente los pisos son de tierra, se corta la puerta a la mitad, para que la parte de abajo ataje el viento y la de arriba, abierta, lo deje entrar; sirva de ventilación.
Cosa que mi viejo me cuenta que El Murga le contó en su momento –o vaya a saber quién le debe haber contado-, que los galgos saltaron la media puerta y se mandaron al cuartito para dormir también adentro. Los perros serán del campo pero no son idiotas. Todos durmiendo adentro los galgos empezaron a rajarse unos pedos tremendos, con puro olor a guanaco. Uno de los pocos alimentos que los perros reciben, o de vez en cuando alguna oveja vieja, ya sin vuelta atrás.
Mi viejo me cuenta y pienso en lo que debe haber pensado El Murga en ese sucucho invadido por el olor a pedo guanaqueado de los galgos. En que bueno qué se le va´ser, mañana arrancaré con la fresca y ya clareando estaré por mis pagos. Y ahora también pienso que toda esa baranda a carne muerta de guanaco procesada en los estómagos de los perros y expulsada en forma de viento por sus esfínteres, en un cuartito sin ventanas y sólo media puerta abierta, sería aire puro para la mierda que estamos acostumbrados a tragar en esta ciudad, en cualquier ciudad.
Mi primo me cuenta que, otra vez, hará unos pocos años, estaban en un asado y El Murga, como acostumbraba, andaba con ganas de picar algo; en la previa. Siempre con esa manía de cortar un salame, picotear algún fiambre. Mi primo me cuenta que esa semana habían estado cazando y agarraron un choique. Le habían sacado la picanha, filetearon unos churrascos, y tiraron un par a la parrilla para que, vuelta y vuelta, El Murga arremetiese. Comió en silencio sin saber qué comía, más que carne. Le preguntaron sí le había gustado y al responder que sí le repreguntaron sí sabía que había comido choique y El Murga gritó “¡pero cómo me das esto!”. Pienso en que ese pedazo de carne tendría más sabor a comida que cualquier mierda que estamos acostumbrados a comer y que decimos que es comida. Pero claro, El Murga debe haber comido unas cuantas veces en su vida choique, piche, guanaco, potro; y ahora, ya curtido, sólo prefería cordero. O tal vez no: tal vez nunca le gustó el choique. Pero sólo por idea, porque bien que comió, calladito y todo.
También recuerdo las historias que me cuenta él. Lo recuerdo a él recordando y contando historias. Historias como estas, que dicen más de lo que cuentan. Lo recuerdo como un animal que cuenta. De su infancia solitaria, con paisanos mayores, y sólo un amiguito con el que, sin juguetes, jugaban a cruzar a pie el río Chubut o, cuando había cuadreras, agarraban algún “parejero” y corrían. También a caballo iba a buscar el correo a la estafeta: a 3 leguas, con siete años. De sentarse alrededor de la radio para escuchar las peleas de boxeo. En esa infancia, de reunirse con los mayores, aprendió las rimas y los versos que después vivió diciendo, recitando como un juglar patagónico. Una tradición oral de la re concha de la guanaca.
Pero también escribió El Murga. Llevó al papel sus sentires, en forma de cuartetas, como una batalla contra los silencios y las penas.
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Este verano sus tres nietos conocimos el lugar donde vivió, y ahora vive. El campo se llama El Quilla, y queda en Sierra Nevada, meseta central-sur del Chubut. El lugar más inhóspito que pisé. Ahí llegamos con el tío, y a la tarde, cuando bajó de las sierras con su tostado, nos recibió Don Manuel Sifuentes, el paisano. “¿Pero cómo no lo voy a conocer?” fue lo primero que contestó, preguntando, cuando el tío le dijo que era Fernando Murga hijo: hijo del viejo Murga, y que nosotros éramos sus nietos. En realidad prácticamente lo recibimos nosotros. Ya eran casi las seis cuando el paisano bajó de las sierras y nos encontró ahí, pasando la casa de piedra, antes del galpón y los corrales. Le dio de comer a los perros, los pavos y las gallinas y nos metimos en la cocina a tomar mate. Esa mañana, antes de salir, había amasado unas tortas; y ahora las estaba fritando en grasa de capón sobre una salamandra gorda de fuego. Y sí, a El Murga lo conocieron muchos y él se hizo conocer entre la peonada. El paisano Sifuentes siempre recorrió los campos de la zona, trabajando, golondrina, nómade pero no errante. Trabajó en El Quilla cuando la esquila, durante varias temporadas, con la comparsa de los (ahora no recuerdo el apellido): esquiladores de Pedro Luro, que se venían de allá e iban recorriendo gran parte del Chubut con la máquina. Había gauchos muy buenos: él dice que nunca pasó las doscientas, pero que había unos hermanos que esquilaban, cada uno, 300 ovejas por jornada, maniobrando la máquina, todo el tiempo agachados.
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Hay una frase de no sé quién pero la leí en un libro de Casas que dice algo así como “no hay mayor soledad que la del samurái o la del tigre en la selva”. Yo creo que el tipo que dijo esa frase nunca conoció a ningún paisano de la Patagonia. Aun así, con mi vieja hablamos y decimos –medio en modo predicciones- que sí llegara a pasar algo groso en este planeta, una situación de catástrofe mundial fulera fulera, estos tipos, estos paisanos serían los últimos en morirse o los únicos en sobrevivir. Saben buscar agua, hacer soga, seguir rastros, matar animales para comer, hacer fuego y mirar el cielo de noche. De esos paisanos me habla El Murga.
En la nevada del 84 o la del 87, no recuerdo cual, se quedaron un mes encerrados en la casa de piedra. El Murga cuenta que iban por la costa del alambre y la nieve les llegaba casi a la cintura. También estaban Antonio y Mario, dos paisanos fieles que no quisieron que baje el helicóptero. Por suerte Alba siempre fue de estar atenta a las provisiones y no la pasaron mal. Pilas para la radio y a mirar por la ventana. Las gallinas morían congeladas arriba de los árboles. Las ovejas bajo la nieve.
Muchas más historias contaba El viejo Murga. Muchas veces las repetía. Pero nunca importó eso porque siempre hablaba de su gente, de su lugar. Y eso significa algo grande para eternizar a las personas. Contar sus historias, recordarlas y hacerlas presente.
Lo que no le contamos a Sifuentes, al despertarnos al otro día, es que esa mañana íbamos a subir a la sierra a regar el campo con las cenizas de El Murga. Los paisanos creen mucho en los espíritus y después se les aparecen.
Subimos a una sierra por el camino del sauce solitario y en un mallín floreado, con vista a la inmensidad, quedó galopeando El Murga, por siempre.
Allá arriba, en la estepa, sentimos hablar al viento.
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Yo miraba desde arriba
la inmensidad de ese campo
y así sobre sus faldeos
desensillaba cantando.
Era mi cerro querido
aquel que tanto han nombrado
el de grandeza imponente
era el gran “Acollarado”.
Desde sus cimas se ven
pastar a sus animales,
retozar a las manadas
y correr los manantiales.
El oleaje que levantan
los vientos en sus lagunas
y el reflejo con el sol
del rojizo de las tunas.
Y qué le puedo decir
asintiéndome la razón
que las cosas que le cuento
me salen del corazón.
Porque las viví viviendo
porque las llevo conmigo,
porque tunas y lagunas
son mis más fieles testigos.
Cuando me toque alzar vuelo
me gustaría, hermano
regar con mis cenizas
la inmensidad de este campo.
El Viejo Murga