viernes, 8 de mayo de 2020

Un lobo aullando

Mula Plateada - Sumo (1985)



A propósito de la luna llena de hoy. Lo que está dandome vueltas últimamente: Ayer a la tarde, inesperadamente pero dentro de las incoherencias nerviosas y sensibles que afloran por estos días, brotó de mi garganta el maravilloso grito: siiiiiiillveeeeeer. Sin saber bien por qué, lo repetía constantemente.


Entonces, después vino la canción y ese canto celebratorio con que arranca: un aullido de lobo a semejante luz inentendible (¿Alguna vez vieron asomar la luna llena desde el horizonte?) A semejante luz en plena noche. Y claro, ¿Qué podés hacer si no, cuándo aparece LA luz en la noche? La luna, un fuego, el ritual. Aquellos monitos, nuestros abuelos, lo supieron. Y nos lo viven repitiendo en sus historias genéticas. La luna, el fuego, el ritual: Lairala – lairá- lairala- lai-ai.


Siempre me pareció genial eso de Sumo y, sobre todo, de Luca: esa mimetización de sus canciones. Esa teatralidad a partir del sonido. No sólo contar (cantar) una canción; sino precisamente actuarla, mimetizarla. Acá es un lobo aullandole a la luna. Es un ritual de canto y danza hace un par de millones de años. En “El cieguito Volador” es un murciélago, y no es que dice “soy un murciélago”, sino que efectivamente lo es. Incluso narrando en tercera persona. En “No duermas más” se transforma en amanecer. En “No mas nada” es un pez perdido en el mar. En “Virna Lisi” es la propia TV hablando, es la pantalla. En “La gota en el ojo” es la lluvia cayendo. Y asi…


Pero volviendo a “Mula plateada” al parecer, por cuestiones de derecho de autor no pudieron ponerle el titulo de “Luna Plateada”, entonces este. Y, aunque tal vez haya sido en modo broma, es una imagen significativa también: el reflejo de la luna sobre el lomo de ese animal. Una luz doblemente híbrida. ¿Vieron qué loco se ve todo cuando sólo ilumina la luna? Es como estar en otro mundo, un mundo distante y propio a la vez. Se me viene una frase de Olga Orozco: “Siempre surge algo de la luz enrarecida sobre lo negro, de lo negro enrarecido sobre la luz”. Eso es la luna. Eso es el plateado. Eso es la mula. 


Ahí va el aullido de un lobo a la luna llena: 

La luna plateada es tan distante
En su oscuro, oscuro y distante cielo
La luna plateada está llorando
No creo que sepa porqué
La luna plateada está confusa
Por el estilo de su nueva vida
La luna plateada no es una novia
La luna plateada podría ser mi esposa
Luna plateada, brillá
Luna plateada, bajá
Luna plateada, yo estoy aquí
Luna plateada, tu estás allá
La luna plateada está siempre observando
Pero no puede realmente ver
La luna plateada está siempre escribiendo
Tal como las olas escriben en el mar
La luna plateada está siempre riéndose
Cuando en realidad debería llorar
La luna plateada es como una ventana
Como una puerta hacia el cielo
Luna plateada, brillá
Luna plateada, bajá
Luna plateada, yo estoy aquí
Luna plateada, tu estás allá...


viernes, 8 de febrero de 2019

Siempre habrá otro camino al volver

"Vértigo" Shaman y El Fuego (inédita) 

Las primeras canciones que Shaman Herrera compuso en el bosque de Epuyén están viendo la luz. Se proyectan bajo la forma del Fuego: Acompañado por Tulio Simeoni en bateria y Pablo Girardin en tuba, esta formación conecta las chispas de la sensibilidad interna para crear una constelación capaz de iluminar y marcar un camino en esta oscuridad acrecentada.


Sí bien la idea incipiente de esta formación fue desempolvar canciones de Los Hombres en Llamas –antigua banda del Shaman- y darles una nueva impronta, poco a poco El Fuego fue creciendo. Desde que se mudó a una cabaña en el cerro Pirque a fines de 2017, el bosque, la montaña, el río y el lago fueron los escenarios que en su conexión incentivaron a Herrera a componer nuevas canciones pensándolas para esta banda.


Aquí nos encontramos con “Vértigo”. “Descubrimos que al fin está el principio, al principio del fin está la verdad” desliza Shaman en uno de los versos de esta canción, que viene a reforzar una propuesta filosófica, un carácter del espíritu, una idea de vida que habla de lo cíclico, del eterno retorno, de la voluntad sagrada que nos abarca y conduce (“Hoy aquí es eterno”). Idea que trabajó en El Primero es el Último, una maravillosa obra que sacó en julio con Los Pilares de la Creación, y es un punto elevadísimo en la cosecha de discos editados en 2018.


En junio de este año tuve la oportunidad de estar en el primer ensayo de estas nuevas canciones. Al proceso de composición de Shaman en el bosque, se le sumó alguna comunicación de audios e ideas vía internet, que Tulio y Pablo captaron y pensaron para hacer sus aportes. Esa noche invernal en la casa de Tulio en La Plata se juntaron los tres para guiar las coordenadas, para armar la constelación. Mientras se iban conectando,Shaman tiraba ideas, posibles entradas y salidas, probaba su canto; Tulio buscaba el toque justo, la sagacidad; Pablo armonizaba, al compás del galope. Al otro día grabaron.


En “Vértigo” vemos algunos registros, un video realizado por Mariano di Cesare en la grabación. Esperemos que cuando sea el momento nos encontremos con las otras nuevas canciones. Mientras tanto, démonos por invitades a arrimarnos al fogón.

Mi espíritu se fue


"Espíritu de Nada" (versión krautera) - Shaman y los Hombres en Llamas (2011)


En el disco Plateado de Shaman y los Hombres en Llamas hay dos instrumentales que enriquecen el clima de ese viaje conceptual que supone el disco.

 Las dos funcionan como murciélagos dando vueltas en una habitación oscura y son previas a canciones claves. El primer instrumental,"Espíritu de nada", da paso a "Vestido plateado" -oda fantástica a una bruja patagónica- y el segundo, "Silencio", es el preludio a "Perdemos la piel" -el cierre del disco en clave circular, el paso a dar para completar el circulo y recomenzar, renacer-. 

 O sea, en una posible edición en formato vinilo o cassette, las dos son los pasos previos a la conclusión del lado A y del lado B. Los comienzos del fin, esos momentos de reflexión antes de decidir.

 Esta versión de "Espírtu de nada", lo averigüé recientemente, salió en la primera edición de El Compipulenta -un compilado de bandas participantes del festival alternativo FestiPulenta-. Unos meses antes de la publicación del segundo disco de Shaman y los Hombres en Llamas, el Plateado. Los encargados del Compipulenta narraron así la aventura de Shaman: "...con sus Hombres en Llamas (un seleccionado de lujo), se encuentra en proceso de publicar su segundo disco. Pero mientras, nos acerca este instrumental krautero que sorprendentemente (o no) lo emparenta con sus amigos de Go-Neko! y nos deja pensando en la bruma, el misterio, la vida en el más allá." 

   Esta versión es extraña porque dura cuatro minutos y medio más que la versión que finalmente sale en el disco (donde las tijeras del productor Daniel Melero dejaron sólo los últimos segundos) y los de la foto no parecen ser los Hombres en Llamas, sino los 107 Faunos.




 A veces sueño que estoy frente al mar del Chubut, en una tarde nublada, y lo puedo alcanzar todo. Doy ese paso.



miércoles, 18 de julio de 2018

Como lava cayendo


"Falling" - Los Tiburones (2009)

Hace unos meses encontré un material de una banda llamada Los Tiburones. “The psychodelics sounds of Los tiburones”, grabado en 2009,  es la antesala, el germen de Los Espíritus. Ahí están las tres guitarras (y dos voces) que después formarán Los Espíritus. Si bien Moraes y Prietto se conocen desde la secundaria, cuando compartían cassettes de Nirvana en el Nicolás Avellaneda, y tuvieron varias bandas juntos, es este el paso previo, de los tantos pasos, en el camino espíritu. Acá esta la experimentación y la balada; los mantos de sonido ritual, el trance, la locura, la reflexión, la celebración y la melancolía. Eso que exprimen tan bien en Los Espíritus, y nos asombra, y nos preguntamos “¿qué tecla del piano tocaron estos muchachos que nunca nadie tocó?”
En fin, acá las palabras de Moraes sobre ese material casi desconocido, y algo más… porque la historia esta hilada, siempre.

Dice Moraes:

“Los Tiburones es un grupo que duró una noche. En Plasma, el lugar que fue nuestra sala de ensayo muchos años y donde grabamos los dos primeros discos (de Los Espíritus). Y un montón de cosas más. Una de esas cosas fue una vez que estaba grabando Prietto Viaja al Cosmos con Mariano, y nosotros estábamos ahí de visita y, y… no, no mentira. Creo que sí estaban grabando en Plasma pero… como que dijimos ´bueno, venimos mañana y grabamos cosas´. Y ahí estábamos Miguel Mactas, bueno Maxi Prietto y Mariano Castro, estaba yo, estaba El Nene –que es el hermano de Werner de La Patrulla y cantó en La Antropofónica, en El Nene y Los Metralleta y una serie de proyectos, hace unos años-, y… ¿quién más? Había más gente, pero bueno… creo que lo que quedó grabado éramos nosotros 4, 5. Algunos temas los cantaba El Nene, fue una serie de improvisaciones que la dejamos en un disco y le pusimos Los Tiburones. Creo que alguna vez lo hicimos en vivo en Plasma, alguna noche después de un recital de Prietto viaja al cosmos con Mariano nos invitaron a subir y tocar un par de temas de esos, pero nunca tuvo más desarrollo que eso. Quedan, quedan… algunas grabaciones quedaron… yo no me acuerdo que quedó en el disco que circuló pero habíamos grabado una versión muy buena de “De nada sirve” de Moris pero El Nene le había actualizado la letra ¿viste? Como, no sé, ´de nada sirve estar mirando youtube´ y ´de nada sirve…´ como que le había puesto guiños a la actualidad.

- Ese tema no está subido. Lo que está subido es, son dos canciones. Una que se llama “Sexo con tu hermana” que dura como 25 minutos, y hay otra que se llama “Falling” que tiene una sensibilidad tremenda, ¿La cantás vos a esa?

-Si, si. Es una canción mía, que hacíamos con Maxi con una banda que teníamos hace muchos años, allá por 2002 o una cosa así. Teníamos una banda que teníamos… que en inglés cantábamos, y así lo conocimos a Mariano: él tenía una banda que se llamaba Flit y nosotros teníamos una banda que se llamaba Dasfemme-ins, donde Maxi y yo eramos los que hacíamos las canciones… y todo el mundo cantaba en inglés, ambas bandas, y… y bueno, así fue que lo conocimos a Mariano, que Mariano, me acuerdo en un recital, bah en más de un recital, nos decía: ´yo a ese enano se los voy a robar´ y bueno… no nos lo robó, pero se separó Dasfemme-ins, y ellos hicieron ese proyecto espectacular que todo el mundo conoce.”


miércoles, 2 de agosto de 2017

Gigante lluvia eterna

"El mundo extraño" - El Mató a un Policía Motorizado (2017)


   La recepción. La emoción después de la ansiada espera. Como la lluvia que llega para aliviar. 

   En la noche que sale, un grupo de amigos se reúnen y trasnochan escuchando el nuevo disco, una y otra vez. Esa misma noche, una chica sueña con dagas y espadas. Al otro día, me agregan a un grupo de whatsapp que se arma para manijiar y organizar ir al próximo recital en la capital. Un amigo me cuenta, en la noche de un lunes cálido de invierno sentados en el zaguán de su casa, me dice que en una clase, en la Facultad de Periodismo, un profesor pasa música y pasa las canciones nuevas de esta banda, y se arma el debate. Pienso que en algún punto, en esta ciudad, ya nadie necesita explicar quiénes son estos muchachos. La gran mayoría de la muchachada joven ya tiene registro de El mató. “El Pueblo”, dirían ellos para referirse a la geografía de esta ciudad plagada de visitantes por conocerse, y donde ellos parecen hacerse cargo de la banda de sonido. El pueblo permite no sólo reconocer a los que gestan su obra sino también a los que la reciben y, sobre todo, ver ese nexo.

   Tengo una teoría idiota en la que pienso que La Plata es una rockola gastada que todo el tiempo está pasando canciones de Los Redondos: imagino que en todo momento, en diferentes circunstancias, está sonando alguna canción de ellos: en cualquier radio, en un equipo de música en Los Hornos, en el auto tunning de algún banana, en los auriculares de cualquier transeúnte, en los parlantes de un gimnasio. Si pudiéramos atomizar los sonidos de esta ciudad, nos encontraríamos con un soundtrack constante de canciones de Los Redondos. Algo de eso ha ocurrido esta semana con las canciones de El Mató.

   Recuerdo que lo primero que hice cuando llegué a esta ciudad fue arrancar unos afiches resquebrajados tamaño oficio del anuncio de una fecha que había ocurrido tiempo atrás. Un cristo con arito y campera de cuero negro anunciaba a El Mató y a Go-Neko! Todavía conservo esos afiches, y también conservo –maravillas de internet- la grabación del primer recital de ellos que fui a ver, un martes de septiembre hace ya diez años.

  Una síntesis de esta ciudad. Sus diagonales como agujeros negros llevándonos hacia la dimensión del rock. Todas las pibas y los pibes del país que caen a este cuadrado, a sus facultades, y se dan cuenta –tarde o temprano - que "el cuadrado" va mucho más allá de sus límites, y que la universidad es una excusa. Y empiezan a caer afuera. Esta síntesis tiene que ver con esas personas y esta geografía poblada de bandas reunidas desde las ansias. Porque más allá de géneros y estilos, en cada puto adoquín hay un grupo haciendo lo que les sale. Y podría ser cualquiera de esas bandas. Este pueblo es la prueba: El mató no es la única, ni la primera; ni será la última.

   A lo largo de estos años no sé muy bien en qué se ha transformado esta ciudad. Pero hay un La Plata configurado por estos muchachos, una posible ciudad pendiente del éxtasis que generan sus canciones. Estas canciones que apuntan a corazones rotos, nuevos sonidos que evocan romanticismo y perdición; canciones en vuelo hacia el cancionero popular del rock argentino. Como agarrar una diagonal sin saber muy bien el destino. Esta ciudad es un mundo extraño. 





lunes, 31 de julio de 2017

El cauce

"El río en el camino" - Shaman y los hombres en llamas (2008)



Alguien camina.

Alguien, a paso lento sigue el hilo de agua que va desapareciendo. Viene de lo alto, donde el frío acecha.

Paso tras paso sigue el curso del río. El viento lo envuelve, lo trasforma. Los animales se le acercan como cuando se acercan a calmar la sed en la orilla: con curiosidad y desesperación.

Lo reconocen, son su sustento, y él es su aldea. Advierte, sabe mirarlos y clavar la lanza.

El agua se achica y decide cruzar. Sus grandes pies se adhieren al sedimento. Se acerca al valle, aun cuando no existe el valle.

Sigue la línea del río, puede oler lo innombrable. La advertencia y el principio.

Cuando llega a tierra blanda sus ojos se llenan de humo. Se mueve, se vuelve furioso, respira el ocaso en el océano.

Sobre el horizonte… algo se acerca.







sábado, 29 de julio de 2017

El idioma del viento

Cuatro canciones que recuerdan a el viejo Murga, paisano sensible.
"Caballo loco", "La paciencia de la piedra", "Hoy", "El viaje" - PEZ (2001/2014/2006/2006)



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  Mi viejo me cuenta que cuando El Murga iba para el campo, algunas veces, hacía de mercachifle. Llevaba alimentos y provisiones para los puesteros y peones que iba cruzando en el camino. Las distancias son largas en la meseta del Chubut, y siempre que uno cae en algún rancho es bien recibido. Más si lleva los vicios: unos paquetes de yerba, algo de tabaco, harina o galleta, querosén y velas.

  Una vez, allá por el Camino de las Víboras, ya se estaba haciendo de noche, entonces lo invitaron que se quede a dormir. Es muy común esto en el campo: siempre que se reciben visitas se pone un churrasco o la pava al fuego y se ofrece un catre si amenaza la oscuridad. La cuestión es que le armaron los aposentos en un cuartito con “puerta partida” a la intemperie. Eso también es muy común: como generalmente los pisos son de tierra, se corta la puerta a la mitad, para que la parte de abajo ataje el viento y la de arriba, abierta, lo deje entrar; sirva de ventilación.


  Cosa que mi viejo me cuenta que El Murga le contó en su momento –o vaya a saber quién le debe haber contado-, que los galgos saltaron la media puerta y se mandaron al cuartito para dormir también adentro. Los perros serán del campo pero no son idiotas. Todos durmiendo adentro los galgos empezaron a rajarse unos pedos tremendos, con puro olor a guanaco. Uno de los pocos alimentos que los perros reciben, o de vez en cuando alguna oveja vieja, ya sin vuelta atrás.

 Mi viejo me cuenta y pienso en lo que debe haber pensado El Murga en ese sucucho invadido por el olor a pedo guanaqueado de los galgos. En que bueno qué se le va´ser, mañana arrancaré con la fresca y ya clareando estaré por mis pagos. Y ahora también pienso que toda esa baranda a carne muerta de guanaco procesada en los estómagos de los perros y expulsada en forma de viento por sus esfínteres, en un cuartito sin ventanas y sólo media puerta abierta, sería aire puro para la mierda que estamos acostumbrados a tragar en esta ciudad, en cualquier ciudad.



  Mi primo me cuenta que, otra vez, hará unos pocos años, estaban en un asado y El Murga, como acostumbraba, andaba con ganas de picar algo; en la previa. Siempre con esa manía de cortar un salame, picotear algún fiambre. Mi primo me cuenta que esa semana habían estado cazando y agarraron un choique. Le habían sacado la picanha, filetearon unos churrascos, y tiraron un par a la parrilla para que, vuelta y vuelta, El Murga arremetiese. Comió en silencio sin saber qué comía, más que carne. Le preguntaron sí le había gustado y al responder que sí le repreguntaron sí sabía que había comido choique y El Murga gritó “¡pero cómo me das esto!”. Pienso en que ese pedazo de carne tendría más sabor a comida que cualquier mierda que estamos acostumbrados a comer y que decimos que es comida. Pero claro, El Murga debe haber comido unas cuantas veces en su vida choique, piche, guanaco, potro; y ahora, ya curtido, sólo prefería cordero. O tal vez no: tal vez nunca le gustó el choique. Pero sólo por idea, porque bien que comió, calladito y todo.

 También recuerdo las historias que me cuenta él. Lo recuerdo a él recordando y contando historias. Historias como estas, que dicen más de lo que cuentan. Lo recuerdo como un animal que cuenta. De su infancia solitaria, con paisanos mayores, y sólo un amiguito con el que, sin juguetes, jugaban a cruzar a pie el río Chubut o, cuando había cuadreras, agarraban algún “parejero” y corrían. También a caballo iba a buscar el correo a la estafeta: a 3 leguas, con siete años. De sentarse alrededor de la radio para escuchar las peleas de boxeo. En esa infancia, de reunirse con los mayores, aprendió las rimas y los versos que después vivió diciendo, recitando como un juglar patagónico. Una tradición oral de la re concha de la guanaca.

  Pero también escribió El Murga. Llevó al papel sus sentires, en forma de cuartetas, como una batalla contra los silencios y las penas.


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  Este verano sus tres nietos conocimos el lugar donde vivió, y ahora vive. El campo se llama El Quilla, y queda en Sierra Nevada, meseta central-sur del Chubut. El lugar más inhóspito que pisé. Ahí llegamos con el tío, y a la tarde, cuando bajó de las sierras con su tostado, nos recibió Don Manuel Sifuentes, el paisano. “¿Pero cómo no lo voy a conocer?” fue lo primero que contestó, preguntando, cuando el tío le dijo que era Fernando Murga hijo: hijo del viejo Murga, y que nosotros éramos sus nietos. En realidad prácticamente lo recibimos nosotros. Ya eran casi las seis cuando el paisano bajó de las sierras y nos encontró ahí, pasando la casa de piedra, antes del galpón y los corrales. Le dio de comer a los perros, los pavos y las gallinas y nos metimos en la cocina a tomar mate. Esa mañana, antes de salir, había amasado unas tortas; y ahora las estaba fritando en grasa de capón sobre una salamandra gorda de fuego. Y sí, a El Murga lo conocieron muchos y él se hizo conocer entre la peonada. El paisano Sifuentes siempre recorrió los campos de la zona, trabajando, golondrina, nómade pero no errante. Trabajó en El Quilla cuando la esquila, durante varias temporadas, con la comparsa de los (ahora no recuerdo el apellido): esquiladores de Pedro Luro, que se venían de allá e iban recorriendo gran parte del Chubut con la máquina. Había gauchos muy buenos: él dice que nunca pasó las doscientas, pero que había unos hermanos que esquilaban, cada uno, 300 ovejas por jornada, maniobrando la máquina, todo el tiempo agachados.


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  Hay una frase de no sé quién pero la leí en un libro de Casas que dice algo así como “no hay mayor soledad que la del samurái o la del tigre en la selva”. Yo creo que el tipo que dijo esa frase nunca conoció a ningún paisano de la Patagonia. Aun así, con mi vieja hablamos y decimos –medio en modo predicciones- que sí llegara a pasar algo groso en este planeta, una situación de catástrofe mundial fulera fulera, estos tipos, estos paisanos serían los últimos en morirse o los únicos en sobrevivir. Saben buscar agua, hacer soga, seguir rastros, matar animales para comer, hacer fuego y mirar el cielo de noche. De esos paisanos me habla El Murga.


  En la nevada del 84 o la del 87, no recuerdo cual, se quedaron un mes encerrados en la casa de piedra. El Murga cuenta que iban por la costa del alambre y la nieve les llegaba casi a la cintura. También estaban Antonio y Mario, dos paisanos fieles que no quisieron que baje el helicóptero. Por suerte Alba siempre fue de estar atenta a las provisiones y no la pasaron mal. Pilas para la radio y a mirar por la ventana. Las gallinas morían congeladas arriba de los árboles. Las ovejas bajo la nieve.

  Muchas más historias contaba El viejo Murga. Muchas veces las repetía. Pero nunca importó eso porque siempre hablaba de su gente, de su lugar. Y eso significa algo grande para eternizar a las personas. Contar sus historias, recordarlas y hacerlas presente.

  Lo que no le contamos a Sifuentes, al despertarnos al otro día, es que esa mañana íbamos a subir a la sierra a regar el campo con las cenizas de El Murga. Los paisanos creen mucho en los espíritus y después se les aparecen.

  Subimos a una sierra por el camino del sauce solitario y en un mallín floreado, con vista a la inmensidad, quedó galopeando El Murga, por siempre.

  Allá arriba, en la estepa, sentimos hablar al viento.



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Yo miraba desde arriba
la inmensidad de ese campo
y así sobre sus faldeos
desensillaba cantando.

Era mi cerro querido
aquel que tanto han nombrado
el de grandeza imponente
era el gran “Acollarado”.

Desde sus cimas se ven
pastar a sus animales,
retozar a las manadas
y correr los manantiales.

El oleaje que levantan
los vientos en sus lagunas
y el reflejo con el sol
del rojizo de las tunas.

Y qué le puedo decir
asintiéndome la razón
que las cosas que le cuento
me salen del corazón.

Porque las viví viviendo
porque las llevo conmigo,
porque tunas y lagunas
son mis más fieles testigos.

Cuando me toque alzar vuelo
me gustaría, hermano
regar con mis cenizas
la inmensidad de este campo.


El Viejo Murga