martes, 3 de enero de 2017

Llueve en el corazòn

La Crecida - Los Espìritus (2015)



 “La Crecida”, canción que da inicio a Gratitud -segundo disco de Los Espirìtus- propone algunos puntos de contacto con la historia de “Hombre en la orilla”, un cuento que Miguel Briante escribió en 1968. En ambas obras hay rastros de una misma pena, acoplados a los hechos que derivan de una lluvia torrencial en un pueblo, y al paso del tiempo en la vida de alguien que espera. 

  Sí el héroe es esa figura que a pesar de cualquier obstáculo se moviliza para alcanzar sus anhelos (traducidos a los de su comunidad, a lo que la comunidad espera de èl) en forma de proezas, los protagonistas de estas historias hacen lo contrario: se quedan estáticos en un lugar, mirando la puerta para ver si golpean, mirando la ventana para ver si deja de llover. Ocultando la pena, esperando que el agua la ahogue. 

  Tanto el relato como la canción dan cuenta de un río que crece y trae consigo, en una costrucciòn fragmentaria, la sensación de que las cosas no sucedieron como podrían haberlo hecho, por voluntad o fuerza mayor: el pueblo acorralado por el agua, un perro flotando, el tren que ya no pasa, el bar como refugio de muerte lenta (de Carlito o de Arispe, según el caso) y, principalmente, una historia de amor que se ahoga en el cauce del tiempo. 

  Todo eso està latiendo, y sobre todo late lo que resalta por ausencia: la esperanza clavada en la puerta como un sometimiento. El tema central de ambas obras es la ausencia, que justamente crece sin consuelo: el vacío tan desbordante como el río que la lluvia alimenta.



  Sea Juana o Ramona, sea el padre, sea el hijo, siempre se revela cierta pasividad, cierta postergación, cierto calambre arraigado que pone la excusa en algo externo. Por eso ni la lluvia hace que los protagonistas se muevan. O, justamente la lluvia es la excusa perfecta -a riesgo de que el agua los tape- para que los protagonistas no actúen. Lo que podríamos llamar una construcción "anti épica" o el relato del antihéroe.

  A su vez, las estrofas de la canción funcionan como ciclos entrelazados, donde el final de cada una es el mismo (y mi corazón espera/que mañana ya no llueva/y yo te vuelva a ver). Es un estribillo que funciona como puente conector de esos ciclos, pero con la intensidad en aumento. Hay un clima hipnótico que traduce la conclusión repetitiva; aunque uno siempre espere que el/la protagonista actué, tome la decisión y accione su voluntad. Esa es la historia paralela que permite imaginarnos: la canción que está afuera de la canción es la que el/la que espera deje de esperar, y active lo que siente.

  Las imágenes a las que remite se construyen, principalmente, por lo no dicho. Al escuchar "La Crecida" podemos perdernos imaginando un entorno y una continuación de las historias que merodean, en paralelo con el clima, en una poética de la ausencia. Lo que no se dice está tan presente que ni hace falta mencionarlo; y a su vez esa densidad es la que permite crear imaginarios. En términos de la construcciòn del cuento moderno: generar la atmósfera; no contarlo todo, sino lo justo; no subestimar al/a lector/a (acá al/a escucha), permitirle imaginar, completar la historia con su subjetividad. 

  Ese imaginario se bosqueja con elementos que remiten a la historicidad e idiosincrasia de los pueblos del interior: los perros en las calles, el bar en la esquina, el tren ausente, la plaza inerte. Imágenes de un –cualquier- pueblo quieto en el tiempo, que sólo parece entrar en movimiento con la crecida del río (la imagen mayor, gigante). O peor aún: que se mantiene quieto a pesar de que el río amenaza con hundir todo. ¿Qué hay que seguir esperando? Tal vez nada, pero tal vez también ya estamos hundidos y todo da igual. Ahí está el punto de contacto, el nexo entre lo que sucede en el pueblo y lo que pasa dentro de alguien: la crecida lo copa todo y te arrincona. Hay un juego de límites, permitirse trascenderlos depende de uno. 

  “La Crecida” inunda gargantas con un canto arrastrado, como confesando un secreto al oído después de mucho tiempo, cuando ya nada parece tener solución. Pero, en cuestiones truncas del corazón, ¿quién es quién para decir cómo deberían haber sucedido las cosas?